EL JARDÍN DE MARÍA DA SU PRIMER RECITAL DEL AÑO
"El pasado sábado 7 de febrero, en la sala Studio 29, vi el pasado delante de mis ojos, pero vi algo más: vi el futuro del rock and roll, y su nombre es EL JARDÍN DE MARÍA. Y en una noche en la que necesitaba sentirme joven, ellos me hicieron sentir como si estuviera escuchando música por primera vez en mi vida."
En la sala Studio 29 de Madrid se congregaron más de un centenar de personas ávidas de sentir el poder de la música en directo, todos con el único afán de oír a EL JARDÍN DE MARÍA. Unos, sin duda, para sentir el placer de oirles tocar, quizá otros, para descubrirles por primera vez. Lo que es cierto es que todos, unos y otros, disfrutaron como niños, al igual que yo, que hacía tiempo que no disfrutaba del placer de oír. Lo pequeño del lugar hacía si acaso más entrañable el nuevo encuentro, poco importaba lo bueno o lo malo de la acústica, lo importante era la sintonización de unos con otros, y eso, se consiguió sobradamente, porque el acto de comunicación de sentimientos se dio como en una orgía de súbitos movimientos de subida y bajada, como olas acompasadas que llegaban a la orilla de manera arbitraria pero efectiva.
Los pequeños problemasDesde luego, los miles de watios se dejaron sentir por todas las paredes y el suelo y los techos del Studio 29. Quizá el bajo no tenía el poder dibujante que debería, pero os prometo que en la próxima ocasión estará Lauren y también estará su bajo, y se le oirá de verdad. Pero si estuvieron dos guitarras y una batería contundente. La batería, a cargo de Pedro Míchigan, marcaba las líneas de la conquista nocturna, y las guitarras, gemelas pero diferentes, fueron los ejércitos invencibles de la noche, conquistando y cautivando a la vez las almas de todos los seres dotados de la capacidad de sentir las ondas. Por otro lado, César, sentado en su sitial, dejaba entrever en
su rostro la sensación de tocar con placer, deleitando al público asistente con sus mil y una formas de colocar los músculos de la cara. Los fans no se quedaron atrás, pues vibraron todo el rato, y bailaban, disfrutando de las canciones que les eran nuevas, y cantando a pulmón perdido las conocidas. No hubo ninguna distancia entre el enfervorecido público asistente y el grupo inspirado. Ninguna separación fue palpable, porque los nudos y lazos que causaban la unión eran invisibles, de una materia que no se puede ver, nudos y lazos vinculados al alma, vínculos del alma, que no se pueden ver, pero se pueden sentir, porque todos nosotros a los que se nos ha dado la oportunidad de vivir, tenemos unos resortes que nos hacen saltar de donde estamos y ponernos de pie, eufóricos, en una perfecta comunión de sentimientos enaltecidos y multiplicados por la magia que los arrastra. La verborrea y la gracia innata que persigue a Carlos V., también caló hondo en la magia del momento, pues con sus simpatía y espontaneidad venció al mal y al cansancio.
Uno a uno EL JARDÍN DE MARÍA fue revisando todos sus temas en un increcendo de emoción y prisa, que cesó cuando se alcanzó la parte final del evento, cuando llegó el momento de llamar a escena a El Rubio. Dos cortes profundos causaron dos momentos de amplia espectativa en el público. Después, el potente y contundente solo de la batería de Pedro, que se prolongó más allá de cinco minutos, preludiando bestialmente el final de una actuación que recordaremos durante mucho tiempo. Pero antes, ya habíamos asistido a los compases acompasados de otras canciones, como "La canción de los pobres", "Es una más", o "La voz que se escucha es la mía", y
efectivamente, la voz que se escuchó fue unicamente la suya, pero apoyada por un coro de entregados con un poder de más de cien gargantes anhelantes. No faltó la garra de los músicos, ni la locura, ni la seriedad, alternadas una a una por momentos. No faltó de nada, porque todo se dio en uno, y cada cosa se dio en su momento.
Y muy pronto amenazan con volver a tocar, en el mismo lugar, en el mes de Mayo, cuando comienza a advertirse en sabor de la ardiente primavera. Y nosotros estaremos allí para contarlo, como siempre.



